Un piso de solo 50 m² en el barrio de Les Corts, situado en un edificio modernista de 1936 — con una lógica espacial poco habitual para esta superficie. La distribución original ya contemplaba tres dormitorios y una zona común con cocina americana, y fue precisamente su ergonomía la que sirvió de base para el proyecto.
El interior fue reinterpretado, manteniendo el equilibrio entre historia y contemporaneidad. La cocina-salón abierta configura un espacio unitario lleno de aire, y el balcón integrado refuerza la sensación de luz y profundidad.
El gesto clave fue el trabajo con el auténtico tejido arquitectónico. El baldosín hidráulico catalán restaurado se combina con microcemento, que completa con delicadeza las zonas perdidas. Tras el falso techo aparecieron las vigas y bóvedas originales de madera — se conservaron, permitiendo que el interior adquiriera una textura expresiva. Parte de los muros se dejaron en ladrillo catalán visto, convertido en acento natural.
La ingeniería fue completamente renovada: se sustituyeron las instalaciones, se colocaron ventanas y puertas nuevas, y se instaló un sistema de climatización.
El mobiliario combina piezas hechas a medida con hallazgos de anticuario. Cada elemento es preciso en escala y función, configurando un entorno cohesivo y discreto.
El resultado es un interior luminoso y sobrio con carácter definido, donde la superficie reducida funciona como un espacio pleno y pensado para vivir.
Un piso de solo 50 m² en el barrio de Les Corts, situado en un edificio modernista de 1936 — con una lógica espacial poco habitual para esta superficie. La distribución original ya contemplaba tres dormitorios y una zona común con cocina americana, y fue precisamente su ergonomía la que sirvió de base para el proyecto.


















El interior fue reinterpretado, manteniendo el equilibrio entre historia y contemporaneidad. La cocina-salón abierta configura un espacio unitario lleno de aire, y el balcón integrado refuerza la sensación de luz y profundidad.



El gesto clave fue el trabajo con el auténtico tejido arquitectónico. El baldosín hidráulico catalán restaurado se combina con microcemento, que completa con delicadeza las zonas perdidas. Tras el falso techo aparecieron las vigas y bóvedas originales de madera — se conservaron, permitiendo que el interior adquiriera una textura expresiva. Parte de los muros se dejaron en ladrillo catalán visto, convertido en acento natural.



La ingeniería fue completamente renovada: se sustituyeron las instalaciones, se colocaron ventanas y puertas nuevas, y se instaló un sistema de climatización.


El mobiliario combina piezas hechas a medida con hallazgos de anticuario. Cada elemento es preciso en escala y función, configurando un entorno cohesivo y discreto.



El resultado es un interior luminoso y sobrio con carácter definido, donde la superficie reducida funciona como un espacio pleno y pensado para vivir.
